For many years, I have visited the jungle periodically, seeking a personal connection and recognizing in its vastness my own origin. During this time, I've seen something of the Amazon in me and somehow this feeling urged me to seek the roots of that connection. SELVA is a collection of images captured across different parts of the Colombian Amazon over the years. It reflects my curious gaze on this territory, on those who inhabit it, and on a daily life that continues to amaze me with each visit. My archive is extensive, and this is only a part of it.
Durante muchos años, he visitado la selva periódicamente, buscando una conexión personal y reconociendo en su vastedad mi propio origen. Durante este tiempo, he visto algo de la Amazonía en mí, y de alguna manera este sentimiento me impulsó a buscar las raíces de esa conexión. SELVA es una colección de imágenes capturadas en distintos rincones de la Amazonía colombiana a lo largo de los años. Refleja mi mirada curiosa sobre este territorio, sobre quienes lo habitan y sobre una cotidianidad que no deja de sorprenderme en cada visita. Mi archivo es extenso, y esto es solo una parte de él.














































La selva me habló cuando aún no sabía escucharla. Tenía diecisiete años y la pisé con la ligereza de quien no entiende la profundidad de un territorio. No hice fotografías en aquel entonces, fue hace más de una década.
Mi primera noche de campamento en selva, bajo un cielo estrellado que no era visible por la espesura del dosel, mis pies se posaron sobre un nido de cucarachas mientras colgaba mi hamaca. Grité. A mis gritos la selva replicó con su propia voz: el aleteo y zumbido de los insectos, el crujir de los árboles, la tierra blanda y el imaginado sonido de los ciempiés caminando bajo mi cuerpo colgante; sentí el miedo a lo desconocido. Cuando el temblor de mis músculos cedió y mi respiración se tornó calma, la selva comenzó a revelarse. La oscuridad dejó de ser penumbra, pude ver las hojas que titilaban con una luz propia, su bioluminiscencia, escuchar el lenguaje de miles de criaturas en la noche, intentar diferenciar los sonidos sin éxito. La selva era inmensa, absurda, indescifrable. La selva me habló en su propio idioma y yo, sin saberlo, comencé a escucharla.
Siete años después, regresé con una cámara. La selva seguía siendo misterio, pero yo tenía los ojos dispuestos a entenderla. He vuelto tantas veces desde aquel entonces que el tiempo se ha disuelto en las corrientes y afluentes del Amazonas, el Apaporis y el Vaupés. Aprendí a caminar con botas machita, a dejar que la humedad me atraviese, a soportar los mosquitos zumbando en mis oídos, a reconocer el color del cielo y el calor previo antes de que caiga el palo de agua. Aprendí a estar. Aprendí a existir en la selva y ella me reconoció.
Una noche entre el eco de conversaciones indistintas y el soplo de rapé, alguien me dijo: “Tú tienes algo de selva en ti.” El polvo de tabaco me recorrió como un relámpago interno. No me tambaleé. Cerré los ojos, dejé que las lágrimas rodaran, respiré por la boca, sentí mi alma y sonreí.
En otra visita, a un lugar distinto entre tantos, la selva me ofreció nuevamente rapé y mi cuerpo respondió con la misma calma. Eliseo me miró con curiosidad y dijo: Tú como que tienes sangre indígena, Mari. Le dije entre risas que me haría un examen de ADN. Aún no lo hago. Por ahora prefiero creer en los lazos que no necesitan ciencia, sino en la certeza de lo que mi corazón intuye.
De visita en visita conocí el mambe y el ambil, aprendí a aguantar largas noches de escucha en las malocas. En la comunidad Bora-Muinane cercana a Leticia, me enseñaron que a las malocas les llaman casas de vida y allí aprendí a entender sin palabras. El mambe es la voz, el ambil es la mente. La hoja de coca y el tabaco se encuentran en la boca y en el pensamiento. Tostar, pilar, masticar. Observo, fotografío, aprendo.
Me los llevo a casa.
Las mujeres me enseñaron a mirar la yuca con otros ojos. Aprendí que su veneno es vida. De ellas nació Yuca Madre, otro proyecto donde la fotografía se vuelve testigo de su conocimiento ancestral.
Y seguí fotografiando.
Aprendí a dormir profundo en hamacas y a utilizar la luz roja, a cocinar el almidón, a desyerbar la chagra, a tejer la palma. A entender que la selva habla a través del canto, del sonido de la leña, del rugido, del murmullo en la penumbra. Aprendí que el tiempo en la selva es cíclico, que cada regreso es también un principio.
SELVA es todo esto. Un archivo vivo de años de visitas al territorio amazónico colombiano. Es una colección de instantes que capturan su cotidianidad, sus espacios sagrados, sus caminos y sus ríos. Es la memoria visual de las personas que me han recibido con generosidad, de los niños que corren descalzos por la trocha, de las largas noches de historias en la maloca, de las mujeres que son madres.
Fotografío aún los rostros pintados con huito y achiote, las miradas profundas que sostienen generaciones de saberes, las manos que transforman la selva sin someterla. La risa de los niños que se zambullen en el bosque inundado, el balanceo de las hamacas en la penumbra de una casa con techo de palma. Cada imagen es un fragmento de lo que la selva me ha contado.
SELVA es testimonio y homenaje. Es un intento de atrapar lo inaprensible, de compartir la belleza de un territorio que se despliega en ciclos. Es mi mirada sobre un territorio que me ha acogido, que me ha parido en otro lenguaje. No hay cátedra que me haya enseñado tanto como esta tierra. La selva me despojó de lo innecesario, me enseñó a confiar en el tiempo de las cosas, a caminar sin prisa, a escuchar antes de hablar. Aprendí que la abundancia no se mide en posesiones, sino en agua, sombra y alimento compartido. Que la vida plena solo necesita presencia.
La selva me ha hecho guerrera y espíritu, también río y raíz. En su espesura entendí que no hay separación entre la naturaleza y nosotros, que somos parte del mismo pulso. Aprendí a soltar sin miedo, a fluir. Aquí renací. Aquí aprendí a ser sin pretensiones, a confiar en mí y en otros, y a ver la vida en su forma más pura.
Miro a la selva y a quienes la habitan con amor y gratitud profundos. SELVA no tiene final. Es archivo, es memoria, es la imagen en continuo movimiento de un territorio infinito que me habita.